martes, 16 de julio de 2013

Una amiga de la familia: la veterinaria


Quiero hacer un reconocimiento público a esa figura profesional, en la que volcamos toda nuestra confianza, y nuestros miedos, a quién le consultamos sobre anatomía, sobre dermatología, sobre endocrinología... y un montón más de palabros terminados en -ía.
Cada vez hay más profesionales de la clínica veterinaria con una especialización, pero la verdad es que normalmente tienen que saber un poco de todo, las consultas les llegan sin filtro, igual atienden un perro con un tumor que un cachorro al que hay que extraerle unos colmillos que no le cayeron.
 
No me queda otra más que quitarme el sombrero, y dar las gracias, porque tienen toda mi confianza. Porque Isi, Lila, Mel y Venus además de formar parte del equipo canino de la asociación, forman parte de mi familia.
 
Hace unas semanas Isi, Lila y Mel enfermaron, llegué a asustarme realmente. Fuimos a la clínica veterinaria, donde ya las conocen y enseguida les pusieron un tratamiento, pensamos que fue intoxicación por herbicida o algo similar, ellas lo pasaron muy mal, y para la familia fue una pesadilla.
En ese momento, todas mis esperanzas, todos mis miedos iban en la misma dirección; con la tranquilidad que da la confianza y el saber que no pueden estar en mejores manos. Espero no tener que volver a la clínica por ninguna razón similar.
Cuando llegamos a la clínica, no sólo se limitan a tratarles por su dolencia, si no que además se preocupan porque estén lo más tranquilas posible, porque se estresen lo mínimo. Para ser un buen o buena veterinaria, no es suficiente estudiar una carrera universitaria, es necesaria una clara vocación.
 
Cuando vamos a la clínica es como si cogiéramos un autobús escolar canino, pero es que no hay que dejar pasar, al menos:
  • Una vez al año la vacuna de la rabia y la polivalente
  • Una vez al año un análisis de Leishmaniosis
Y pensando en la Leishmania, pincha en el siguiente enlace si quieres saber más sobre esta enfermedad